¿Tal cual? Aquí No Ha Pasado Nada, de Alejandro Fernández A.


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Uno de los efectos más potentes del cine es que hace creer al espectador que lo que está viendo en la pantalla está pasando en realidad. Le sucedió a la audiencia que recibieron los hermanos Lumiére en el París de 1895, cuando estos proyectaron la primera función comercial cinematográfica. Luego, en los años veinte, esta misma impresión llevó al escritor y crítico de cine uruguayo, Horacio Quiroga, a hablar de “la verdad del escenario” del cine en relación al teatro. También lo hizo escribir historias como “Miss Dorothy Phillips, mi esposa” (1919), “El espectro” (1921), “El puritano” (1926) y “El vampiro” (1927), cuentos donde el cine, la literatura y la vida real se funden de manera sobrenatural, tal como sucede en la trama de La rosa púrpura del Cairo (Woody Allen, 1985), que cuenta la historia entre un personaje del cine clásico hollywoodense, que sale de la pantalla para enamorar a una inocente fan encarnada por Mia Farrow.

Muchos años han pasado de esa manera primitiva de ver el cine, sin embargo, hoy todavía es posible ver dificultades al momento de poner límites al entendimiento de lo que es cierto en el cine y lo que es ficción.

Aquí no ha pasado nada me llevó a revivir noches regadas y ahumadas hasta el tope, me hizo ver nuevamente el encanto de la reunión social de ánimo juvenil, esa que desborda conversaciones sobre temas libremente asociados, en las que no hay que preocuparse por asegurarle al interlocutor una argumentación tan coherente, o políticamente correcta, o simplemente verídica. En las que solo hay que hablar, actuar y recitar el guión que cada uno se ha aprendido de manera natural en la vida íntima y la pública.

La película es un thriller dramático inspirada en la realidad, en este caso, en el juicio a Martín Larraín, hijo del político de centroderecha, Carlos Larraín, lo cual hace que la relación filme/realidad sea más enrevesada y difícil de separar. Su trama rodea a un grupo de jóvenes privilegiados que se creen dispensados de la carga político-social que llevan en una sociedad como la chilena, o en cualquier otra, veinteañeros que andan sin cuidado por un camino que creen es el de la libertad, y que tal como la madre del protagonista, interpretada por Pali García, dice a su hijo Vicente, en su diálogo más maternal, andan “por la vida sin freno”.

En las primeras escenas del filme no hay avistamiento de problemas concretos, sin embargo, hay potencias en la película que oprimen la atmósfera celebrativa y jovial de las vacaciones costeras de los protagonistas, y que complican la correlación inicial entre el escenario de lindas casas de playa con los chicos que habitan en ellas. Como primer ejemplo está la soledad de Vicente, que si bien él prefiere apartarse por decisión propia de sus amigos, en las secuencias posteriores no se le conocen familiares hasta que la trama ya ha tomado su cauce, luego de que el crimen es cometido.

Después vemos al personaje Manuel Larrea, quien es un tipo que conoce a mucha gente y que la congrega socialmente en su propia casa. Sin embargo, en la mitad de la cinta, cuando se ha llegado al punto sin retorno del guión, al accidente que detona el conflicto, los susurros que se escuchan fuera de campo de sus amigos más cercanos, diciéndole a Larrea “llama a tu papá, Manuel”, dan cuenta de la inexistencia de una responsabilidad moral ante la situación recién vivida, y de una transferencia de esta entre los personajes centrales, ambos son figuras contiguas pero puestos en distintas jerarquías, y uno de ellos sacrificará su estatus de vida inicial para salvar al otro. 

La película es una obra dramática que se erige sobre un guión bien ideado, escrito, actuado y filmado, de manera que el esperado comentario sociológico que se hace del filme de AFA, sobre la sociedad chilena y sus tumores más estables, como lo son el servilismo de distintos segmentos de la población chilena ante el poder indiscutido de una minoría de familias acaudaladas en dinero y poder político, es propio de narrativas que se mimetizan con hechos que podrían ocurrir en la realidad, por lo tanto, que tienen una relación con la verdad, tal como le sucedió a El ladrón de bicicletas, de Vittorio De Sica (Italia, 1949), pero que en Aquí no ha pasado nada, se conjuga con una forma fílmica contemporánea.

 

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