Amy, 2015: El documental forense


amy 2015     

Tal como me pasa todavía con el documental de Kurt Cubain, Montage of a heck (2015), tenía la idea de que Amy iba a ser un documental morboso. Pero ayer me animé a verlo en Netflix. Lamentablemente la intuición se hizo verdad. La recopilación de archivos que es esta película tiene mucho de los documentales del programa True Hollywood Story, del canal de televisión E!. Lo poco pulido que es su guión, el orden cronológico de los archivos, la crudeza de las imágenes y los audios, permiten que las disonancias de los últimos años de vida de Amy Winehouse aparezcan sólo como ecos de la tragedia mediatizada que fue su muerte.

Winehouse, que rompió los esquemas sonoros de la industria con su álbum Back to black (2006), es presentada en este documental como una anomalía tanto en la música jazz como en el pop, a causa de lo cruces que hizo de estos sonidos. El enfoque de este premiado film (acaba de ganar Mejor Documental en los BAFTA), está en la inseguridad de Winehouse sobre qué camino tomar, su displicencia ante la fama, y la frustración en su vida personal, elementos que la habrían dejado sin recursos para sobrevivir. 

El montaje del filme parece evitar un desarrollo claro que explique por qué Winehouse terminó suicidándose, limitándose a mostrar una caída que tiene tantos sentidos como el espiral del afiche de Vértigo. Una caída muy distinta a la de nunca acabar de la serie Mad Men. Es por esto que el ritmo de la cinta intensifica un visionado que provoca angustia y tristeza en el espectador. La inestabilidad de la cantante londinense se va acrecentando durante el documental, aunque también hay pausas de esperanza en las que Amy deja de consumir crack, heroína y/o alcohol. Todo en un contexto en que Camden, barrio donde vivió al final de su días, aparecía como el lugar donde había que estar si querías aparecer en el mapa musical de la capital inglesa.

Al inicio, se ve a una Amy con capacidad de autodefinirse en el medio jazzístico. Era la cantante más original de Londres a principios del milenio. Pero toda persona que vea Amy, sabrá desde la primera imagen que la historia va a terminar con un cuerpo frío. Cada testimonio en la pantalla entrega la sensación de que se está mirando por una mirilla que da a una habitación íntima.

La falla del documental es más bien de fondo: no es elegante y no está hecho desde la admiración de un fan. Asif Kapadia, (Senna, 2010) es el director quien, con otros productores, tuvo la inteligencia de entrevistar al círculo íntimo de Winehouse, y armar Amy con un montón de metraje sacado de medios de comunicación y grabaciones caseras.  

Creo que a Amy Winehouse nunca le importó el buen gusto y tampoco supo dirigirse a sus fans. Era parte de su encanto esa manera de ser: desprendida de sí misma, pero también autodestructiva. Sin embargo, Amy está más cerca de ser un reportaje periodístico que un homenaje póstumo, pues no tiene rasgos de haber sido producido con el objetivo de entender el motivo de vida que guió a Amy hasta el final, su Rosebud. Sino que persigue un hecho más bien mediático, de retratar una época en que se mezcló el hype londinense, con el fenómeno virtual de bloggers de farándula y paparazzis que arrasaron en Internet a principios del milenio.

Y ahora, que ya tenemos bastante sobre la muerte de la cantante británica, es de esperar que algún fan se atreva a filmar un documental musical sobre Amy, uno en que los espectadores podamos sentir un encuentro con Amy, y no rechazo.

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