“Missing”, de Alberto Fuguet: Una sombra sobre el lector


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Hace pocas semanas leí “No-ficción” (2015), novela que me llevó a tomar “Missing” (2009), el primer libro de no-ficción de Alberto Fuguet.

Este podría ser el libro que cualquier persona con un mínimo de experiencia en vértigo existencial disfrutaría de inicio a fin. Escrito completamente en primera persona, Alberto Fuguet cuenta cómo es que la historia de su familia es material para hacer un libro, partiendo por la migración que su abuelo paterno decidió hacer a los Estados Unidos en los años sesentas, con su mujer y tres jóvenes hijos.

Lejos de una aventura familiar, esta es la historia sobre un autoexilio provocado por el “sueño americano” de darse una segunda oportunidad, lejos de la sociedad chilena que lo había visto perder una pequeña empresa familiar. Y como todo acto, esta migración es sólo el preámbulo de lo que marcó a la familia después. Como toda familia de inmigrantes que queda marcada por el deseo de una vida mejor o distinta, y los sacrificios que se hacen en nombre de la felicidad.

Al éxodo de la familia Fuguet se le agrega otro antecedente, uno que de manera cercana al mito, arma el destino del hijo del medio, llamado Carlos, mismo nombre que sus padres habían puesto a su hermano que murió casi dos años antes que él naciera. Ése fue primer el sacrificio de Carlos.

Con estos elementos el relato se prepara para un capítulo metadiegético, escrito en versos libres donde Alberto Fuguet se transforma en Carlos, su tío que estuvo perdido por décadas en lo profundo de Estado Unidos, y escribe una crónica en prosa sobre los años del hundimiento, de las relaciones mal entendidas que tuvo, y las irresistibles ganas de romper las normas. El clásico pánico y locura, pero con la distancia y cadencia que da la experiencia, el haber pasado la prueba y sacado algo en limpio.

Este libro puede llevar al lector a recordar esa etapa de la vida en que malgastó el tiempo, cayó en vicios y cortó lazos de sangre. Una pausa de sí para dejar de ser como la gente lo conocía y explorar otras vías. En que dejó de hacer lo que la gente esperaba de él o ella, para desaparecer, hundirse, morir y vivir una vida paralela, subterránea, subcivilizada. Para ser una subversión del yo anterior, un ser parásito, dependiente de cuánto ruido se necesite para sacarse todo lo anterior: La música, las drogas y la oscuridad, los bailes frenéticos, la soledad…  para que un día, de imprevisto, salga una voz en un momento de delirio, un ser desconocido en su cabeza que le grita, lo sacude, y lo llama al orden. Para, tú. Es por tu bien, deja eso, déjalo, déjala. No sigas así, no te quedes aquí, da la media vuelta ahora mismo.

Lo mejor que se puede hacer ahí es obedecer. Es la voz que buscaba. La única a la que podía escuchar, respetar y seguir… En esa época en que el lector conoció a tantos otros que vivían del mismo modo. A esos compañeros de viaje, que flotaban cerca, y que era mejor abandonar, si es que ellos no lo habían hecho antes. Si es que tuvieron la suerte de tener ese desvarío recomponedor.

Los terceros planos de Missing son siempre las carreteras, el desierto, ciudades de segunda en un ranking de turismo clase B. Como en “Paris, Texas”, de Wim Wenders, “Thelma y Louise”, de Ridley Scott, “The Misfits”, de John Huston, “Caliche sangriento”, de Helvio Soto, “Caluga o menta”, de Gonzalo Justiniano. El mismo fondo del relato periodístico sobre la desaparición de Kurt Martinson en San Pedro de Atacama.

Un tema que parece no agotarse en libros, canciones, películas e historias de amigos. Desde aquella mañana en que el deseo fue llamado pecado, la vergüenza fue esparcida como una peste sobre la humanidad.

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