Rápidas impresiones sobre dos documentales


Dream Land (2004)

Vi ayer dos documentales. Primero el que se llama Dream Land (2004) de la directora letona, Laila Pakalnina, que muestra la vida animal en la periferia de una ciudad, en un lugar que comúnmente llamaríamos basural, donde van a caer todos los desperdicios de una comunidad, toda la basura imaginable que las personas podemos dejar fuera de nuestras casas, para que vayan a dar a un lugar como el de Dream Land, ahí donde distintas especies de insectos, aves, mamíferos y reptiles habitan como si estuvieran en un paisaje natural, sin mayor intervención del humano, o al menos eso parece en la mayor parte del documental.

Y claro, los animales se adaptan a vivir en un basural, los ratones cubren el orificio de sus túneles con bolsas de papas fritas, los castores nadan entre los líquidos estancados de desechos espumosos, los perros y las serpientes parecen felices depredadores que han encontrado un hábitat en que son ellos los últimos supervivientes de la cadena alimenticia. Eso sí, no todo es tan maravilloso en este zoológico de animales silvestres, pues las latas de conservas y las bolsas pueden ser armas fatales para las aves, y si sobreviven a la época estival, en invierno muchos de los roedores no pueden evitar morir congelados, ni las aves escapan a la caza no supervisada de un hombre con escopeta.

A medida que entreveía el documental -imaginar la cantidad de seres vivos que podían aparecer en ese lugar me daba escalofríos- entendí algo sobre los amplios límites del género documental, porque cualquier situación que pueda ser filmada, sin importar el lugar, es digna de ser entendida, leída, y por lo tanto, sentir empatía por los seres que se encuentran en ella. Si me interesa ver el diario audiovisual que un cineasta portugués mantiene para registrar los días de su enésimo tratamiento contra el VIH, días que pasa entre viajes a Madrid y su parcela, su huerta, sus perros, su esposo; o ver a un hombre que vive con los osos, por dar ejemplos, por esas mismas razones es interesante también conocer la rutina de estos seres que habitan por fuerza en el margen de una ciudad de la Unión Europea, en un desierto de basura ajena, que una directora de cine se interesó por mostrar como una fuente de vida y muerte.

El otro documental que vi fue menos estimulante visualmente hablando, dado su formato convencional de reportaje-entrevista, pero el tema: las películas de Christoph Schlingensief -un artista de las comunicaciones, alemán, zafado desde su infancia por un ímpetu creativo muy singular e instintivo-, me hizo entender algo importante sobre el cine de la representación, o mejor dicho, la ficción. Conocer algunos fragmentos de las películas de este artista -polo opuesto del documental que había visto antes- me dio fundamento para entender la locura y genialidad de quienes optan por hacer cine de ficción usando la representación exagerada de una forma que en la realidad no lo es tanto, dando por resultado una tendencia a lo surrealista y lo cómico, que llama la atención del espectador para bien y/o mal.

Mucho de eso hay en el primer trabajo de directores actuales como Pablo Larraín (Fuga) y Sebastián Silva (La vida me mata). En el primero, eso sí, esa tendencia fue menos equilibrada: hubo un derroche excesivo de recursos humanos y materiales para lograr efectos surrealistas (que resultaron caricaturescos), y, menos uso de los recursos del sentido del humor.

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