Interstellar (2014): Viaje al espacio como contradictorio gesto a la ciencia


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“Interstellar” (2014), de Christopher Nolan

           Esta película me provocó algo totalmente distinto que lo que me causó Gravedad (2013). Se parecen en que ambas llevan a sus protagonistas al espacio galáctico, pero no me cabe duda que Alfonso Cuarón se estaba haciendo preguntas distintas de las que Christopher Nolan intentó responder en su último estreno.

             Noté dos corrientes que sirvieron de motores creativos a Nolan. Una es la formal o fílmica, en la que Stanley Kubrick, con 2001, Odisea al espacio (1968), es obviamente un referente. Es inevitable nombrar lo que une a estos realizadores, aunque parezca repetitivo: el uso del género “ciencia ficción” como una plataforma de la industria del cine que permite representar al tiempo pasado, presente y futuro con una mirada similar, que llamamos “ochentera” en Interstellar y “retro” en 2001, lo que, en definitiva, no es más que la intención de querer representar una época con cierta forma estilística y gran capacidad financiera.

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“2001, Odisea al espacio” (1968), de Stanley Kubrick

         Si la primera corriente representa lo que es la cáscara a un huevo, la segunda es lo que existe pasada esa frontera: el acuoso material narrativo del que Nolan también hace uso en Inception (2010); el drama de un hombre que maneja con habilidad “X” actividad profesional pero que se “debe” enfrentar la pérdida de sus seres queridos. En el caso de Mathew McConaughey en Interstellar, un ingeniero, granjero, padre y astronauta que abandona a sus hijos para servir a la NASA.

          Existe además, un tercer elemento en el filme de Nolan que se presenta a partir de la fusión de ambas fuerzas anteriormente mencionadas, y que aparece como contrapunto para los espectadores: la inventiva narrativa que se impone por sobre el conocimiento científico.

            Películas sobre viajes interestelares como Gravedad y Solaris (1972), de Andrei Tarkovsky ésta última, desarrollan una narrativa que se suspende en torno a la experiencia individual de lo que puede ocurrir cuando se está “a la deriva”, en ella notamos al tiempo haciendo su trabajo en nuestros cuerpos (tic,tac,tic,tac), además, nos confirman que solo podemos obtener respuestas dentro de lo que nuestra humana condición nos permite. Sin embargo, el realizador de origen inglés inventa una salida para cumplir con el modelo narrativo aristotélico, un recurso argumental que propone la salvación del ser humano no como una posibilidad o una esperanza, sino como un destino inexorable.

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“Solaris” (1971), de Andrei Tarkovski

          De esta manera, Nolan cierra la película tratando de unir cabos para cumplir la sospechosa función de que los espectadores quedemos con la sensación vaga de que vimos algo redondo, y por lo tanto, “bueno”, como el trompo que gira al final de Inception. Una salida que a Kubrick no le interesó mostrar, y ni vayamos a pensar por esto que el maestro fotográfico se quedaba corto en ambición.

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