Láminas de Almahue (1962)


       Este corto documental llama la atención por su forma -hecha de pasajes oscuros a medio iluminar- que reproduce un cruce entre las imágenes, el sonido y el poema recitado, haciendo un juego de intertextos que se encuentran y entregan al espectador la noción de lo que es un proceso estético. Debe ser uno de los pocos documentales en Chile que se podría catalogar como cine poético.

     Con paciencia el espectador puede notar los distintos niveles interpretativos que aparecen entre imagen y sonido. El primer nivel se comprende directamente a través de la lectura más literal de las imágenes registradas por Sergio Bravo, y el otro -u otros- a través de la imaginación. El primero muestra un espacio determinado, Almahue, y la rutina de unos campesinos que viven ahí, mientras que la voz de Efraín Barquero narra un espacio imaginario, mítico y épico donde el hombre campesino es ayudado por caballos para cumplir su deber, que es usar los recursos naturales de la tierra: fuego, tierra, aire y agua.

La música es de Gustavo Becerra.

La investigadora de cine, Jacqueline Mouesca, escribe al respecto en su libro “El documental chileno” (Lom ediciones, 2005):

“En 1962 (Sergio Bravo) presenta Láminas de Almahue, uno de los primeros filmes experimentales, según su autor, realizados en el país. Sin embargo, aunque se trata de una experiencia “poético-formal”, conforme lo define Alicia Vega, puede considerárselo “uno de los testimonios más penetrantes y conmovedores realizados en Chile sobre la realidad íntima del modesto campesino chileno y del mundo que lo rodea”, todo lo cual se consigue además con el apoyo del notable texto del poeta Efraín Barquero, registrado en la banda sonora con su propia voz.”

El texto de Efraín Barquero:

“Misteriosa, en el sueño del hombre está despierto el árbol de la especie.

Quien reúne al hombre con la tierra con más delicadeza que el sol naciente.
quien lleva al hombre a su labor con más resistencia que el agua de la noche.

Agua y fuego gravitante que esta tierra necesita,
la rueda gira buscando su redondez fecunda.

Tierra, antes de convertirte en alimento eres dura y pesada,
y los cuerpos se gastan como maderos arrastrados por el agua.
Mientras el sol sube, sube y sube, el hombre se inclina en su puesto original.

Sol y hombre encadenados a un orden.
El agua corre y recibe un sol inmemorial cuyos rayos son los brazos de los hombres.
Parece que el sol viviera en estas manos oscuras.
El hombre no mira el cielo, ni siquiera a la copa de los árboles.

Porque hay un momento en que todos, tierras, aguas, aire, esperan una revelación,
y es el mediodía en que el hombre es reconocido como el hijo del fuego.

Entre el humo y el vapor, la respiración ardiente de la bestia,
el herrero padre y el herrero hijo se inclinan sobre el potro rojo que mueve la tierra.

Agua del Almahue que “declara” haber formado el pan y el grano,
ahora se vuelve mineral y arde como el combustible
y mueve la gran rueda de la tierra donde el hombre escucha la voz de su pasado.
Gira la rueda y alguien canta,
es el agua el que disuelve al hombre y lo entrega más puro,
y los rostros golpeados por la tierra y por el tiempo,
tienen ese silencio de las cosas eternas,
de las manos encadenadas a la rueda donde el agua destruye y da vida.

Viento de la tarde que es como el presentimiento del espacio,
y como el pensamiento invencible del hombre.”

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