Construcciones hechas de melancolía: Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson (2013)


Si la imaginación es como la primera maqueta que los directores tienen para hacer cine; en el cine de Anderson, ese mapa está hecho con recuerdos que provienen en gran parte de la melancolía del autor. Esa palabra que suena a armonía, pero que define un estado de ánimo contradictorio, nauseabundo y casi enfermizo para algunos críticos.

La última película de Wes Anderson, uno de los directores de cine que más gustan a un público catalogado de indi, muestra definidamente dicho padecimiento de una manera completa para entender lo que significa ser melancólico.

La película, que comienza con una niña que va a visitar la estatua del escritor de su novela favorita, una situación ambientada a mediados de los ochentas, avanza en capítulos que se van remontando hacia el pasado, en un sistema de asociaciones narrativas que continúa con las experiencias del mismo escritor, pero en la década de los sesentas, en su visita al decadente Gran Hotel Budapest, hasta llegar a 1932, donde se narran las aventuras que el conserje y el botones del edificio, enfrentaron para no perder la herencia que una de sus nobles amantes le dejó al mayor.

GHB tiene tanto romance, suspenso, acción y comedia como las películas anteriores, Life Aquatic, The Royal Tenembaums, Rushmore y Moonrise Kingdom, sólo por nombrar algunas de Anderson, sin embargo la diferencia está en el fondo donde se trasluce la admiración del autor por un tiempo más lejano, un pasado literario y ficcionado del mundo pre guerra fría, en el que las personas aparecen seguras de su situación en el mundo, los representantes de las clases sociales ostentaban tanto sus beneficios como desventajas, los ricos aristócratas eran francos sobre sus soledades, los criminales actuaban totalmente según sus planes egoístas, los pobres iban directo hacia sus ambiciones, y los artistas e intelectuales eran tan ambiguos y curiosos como lo siguen siendo.

La multitud de personajes de GHB habita en los recuerdos melancólicos de entre guerras de Anderson, quien extraña una época que no vivió, pero que seguramente imaginó desde niño mediante historias, libros, películas, pinturas, juegos, canciones, etc. Es por esto que críticos del “excesivo esteticismo” del cineasta, son tan enfáticos en lo que se ve a primera vista en el cine andersoniano, como si no hubiera más que lindos decorados y vestuarios, pero es necesario entender que hay más que eso, ya que la filmografía del autor propone un mundo-museo de la imagen y la memoria, determinado por los límites del estilo del creador y la imaginación del espectador. Este museo, no está demás decir, está más cerca de lo que se piensa de ser una reflexión sobre el presente, es por eso que el director estadounidense pareciera estar convirtiendo al cine obras ampliamente conocidas, y significativas en la cultura educativa y cívica, como la vida de Jacques Cousteau, las pinturas de Norman Rockwell, el cuento del Fantástico Sr. Zorro y los libros de Stefan Sweig.

Con GHB, Anderson inaugura el salón de Historia del Siglo XX en el museo donde es curador, y es muy probable que abra nuevas puertas de este espacio imaginario donde la guerra, las relaciones familiares y el primer amor son recordados como una sola y armónica historia mundial.

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