La olla hirviendo o El momento entre sueño y vigilia es decisivo en lo que será el resto del día


De los espacios entre las cortinas y las ventanas entraba la luz de neón azul. Había pasado el calor de la noche y ya no tenía necesidad de dormir, porque no podía y el sueño no se obliga tan fácilmente. Prendió la lámpara, tomó el grueso 2666 del velador y lo abrió en las últimas páginas. Leyó dos historias, y luego el peso del tomo aplastó su atención.

De pronto, una olla azul hervía en la cocina, al fuego máximo. El agua salía a borbotones y mojaba el piso. En la pieza, al mismo tiempo, su mano rápida levantaba la sábana, y sus pies tocaron el piso. Pero con el grito hacia dentro, y la autonomía del pensamiento en palabras, volvío del sueño.

En la tarde, bajo el sol, recordaba el exabrupto onírico. El agua cayendo y el vapor subiendo. Y la olla quemante. El desastre duró unos segundos. Luego, el piso se secaría y la olla enfriaría, pero ¿seguiría usando la olla?

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