No se callan


Una tarde de verano estaba una madre tendida en en su pieza bordando una sábana para su hija, la que estaba sentada en el sillón más cercano resolviendo los sudokus del diario. El televisor estaba encendido y daban las noticias.

Mientras la madre se informaba de oído de los últimos sucesos del país, la hija se pasaba el lápiz en una mano de un dedo a otro, pero en un momento se distrae, levanta la vista y nota que conoce al reportero que está en pantalla.
“¡Ah, mira! dijo, él fue mi compañero en la universidad”
¿Sí? responde la aludida sin levantar la mirada.
Sí, es de mi grupo de amigos pero no nos llevamos muy bien, es el típico mamerto que se ríe de todo con prepotencia.
La madre mira de reojo a su hija, sus dedos apenas han dejado de bordar. “Al menos tiene trabajo. Mírate tú ahí haciendo puzzles como una jubilada”.
La cara de la hija cambia inmediatamente, la mirada de le agudiza y la boca se le endurece.

“Yo no sirvo para hacer lo que hace él, apenas veo televisión, además su trabajo es memorizar y repetir . Necesito un trabajo con más libertad”.
“Más flojo y vago querrás decir”.
“Llámalo como quieras, pero déjame decirte que no eres de mucha ayuda. Ahora quiero trabajar en un nuevo ambiente, algo agradable, no quiero caer nuevamente en un lugar donde nadie se habla, porque todos gritan, además,  quiero tener más control y flexibilidad en lo que hago”.
La madre deja el bordado sobre sus piernas y la mira. “Hija, eres tan soberbia, te crees tan especial, pero no ves con objetividad tus limitaciones, y tampoco te esfuerzas por comprobar qué tan buena eres. Estás inmóvil, siempre con esa mirada analizadora y sombría, a veces, llegas a dar miedo”.
La hija abre la boca y no sabe qué decir…” ¡ Mamá!, lo que yo elija para hacer poco tiene que ver con tus expectativas, y no puedo creer que me hayas dicho que soy limitada, ¿crees que no lo sé?, ya me basta con no encontrar trabajo, pero además te tengo aguantar y escuchar tus malos consejos… que tengo que cambiar para encontrar trabajo”. La hija más calmada le dice a su madre mirándola a la cara, “hay que ser muy miserable para pensar así de una hija”.
En este momento, la madre se para de la cama y mira fijamente a su hija. El volumen de su voz es más alto.
“No me hables de no tener esperanza, porque rezo todos los días para que encuentres un trabajo, hasta para que conozcas un hombre que te haga feliz”
La hija también se pone de pie estrangulando el diario en sus manos.“Hablando de inmovilismo, la hija interrumpe, crees que al decir que rezas demuestras la gran mujer que eres, pero sería mejor que abrieras los ojos  y te dieras cuenta que te estás quedando sola. Cada vez que vengo me doy cuenta de lo aislada que estás, quizás sea porque a la gente no le gusta escucharte, así como me está pasando a mí”, y se sienta cansada de gritar.

La madre se pone a llorar “No me vuelvas a hablar así… ¿cuándo te convertiste en esto? ya no respetas nada …pero te voy a decir algo que hemos venido discutiendo con tu papá: estamos  aburridos tu inmadurez y dependencia, y no sabes cómo me gustaría que encontraras ese trabajo soñado para que dejes de venir a vernos. Mejor sal de mi pieza y termina tus juegos lejos de mí. Sal.

“Sí mamá… te encanta tener la última palabra, pero estás lejos de ser razonable. Lo peor de todo es que hablas de respeto por la familia, pero no eres capaz de tener un poco de confianza en mí. Dices que me criaste con el hombre que te hace feliz, pero después nos sacas en cara cosas que a estas alturas deberías tener asumidas. Yo no creo que seas feliz, lo dices porque te sientes obligada, ya nadie te cree eso, y tampoco creo que algún día decidas callarte para que el resto consigamos algo de paz, salvo el día que te mueras. Tomó el diario y salió de la pieza a la sala de estar, sin saber qué hacer se dirigió al baño. Ahí se mojó la cara y el cuello, intentó tranquilizarse, escuchaba los latidos del carazón en su cabeza, estaba muy alterada. Se vio en el espejo, estab roja y tenía los ojos brillantes.  Pero se dio cuenta que había exagerado con el comentario del puzzle, incluso le pareció gracioso en ese momento, y se puso a reir mirándose a los ojos.  En menos de un minuto, relajó su cara, su mirada cambió y se murmuró a si misma “voy a tener que pedirle perdón. No quiero que se muera, pero se sintió tan bien decirlo.”

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