Mi historia con un viejo estafador.


Las personas que circulan en el barrio no suelen saludarse entre vecinos, varios hacen el mismo trayecto diariamente y se cruzan a veces en el mismo lugar, pero se esconden en sus teléfonos o en un estilo particular de caminar, salvo algunas excepciones.

Los perros son más educados en este sentido, aunque no siempre alcanzan a verte la cara o los ojos, te huelen y te reconocen  ,y uno los mira hacia abajo y dice algo como, “buen perro”.

He sido blanco de varios estafadores, pero no han acabado siempre riéndose de mí. Uno intentó atraparme en la calle tres veces, pero ya lo tengo identificado y desenmascarado. La última vez se encontraba detrás del portón de una galería en Providencia casi con Luis Thayer Ojeda, mirando a las personas pasar, como un cuervo buscando a la presa media muerta o distraída para robarle. Lo dejo seguir porque es un hombre que hace estafas a pequeña escala, y porque en sus misiones es perseverante, insignificante, audaz, burlón y casi nunca pierde la calma.

Estaba vestido como siempre, para hacerse pasar por un caballero, corbata roja, camisa blanca y terno oscuro, se mantiene un bigote pequeño y es calvo, aunque deja que unas mechas blancas caigan sobre su frente. Hicimos contacto visual, inmediatamente, nos reconocimos.
Sigue en lo mismo señor, dije.
Él achicó sus ojos y me dijo, Buenas tardes señorita, ¿cómo le va?
Seguí caminando.

Nos conocimos cuando yo iba caminando  a dos cuadras de mi casa, el me contó una historia que quebró mi desconfianza, pues estoy familiarizada con la desorientación. Con una voz serena y de tristeza se acercó a contarme que estaba perdido.
Disculpe que la moleste, mi nombre es Jeremías, vengo de Chiloé y llegué en bus hoy en la mañana para ver a mis nietos. Antes de dirigirme a la casa de mi hijo decidí comprarles un postre. Pero me asaltaron dos niños fuera del terminal de buses y les entregué todo lo que pude para que no usaran el cuchillo que me mostraron. Después tomé una micro y mientras andaba fui recapitulando lo que me había sucedido, pero me perdí,  no supe dónde estaba el norte, me bajé muy angustiado en esta esquina, no sé qué hacer. Ahora ya estoy más tranquilo y quiero llegar a la casa de mi hijo lo antes posible, agregó.
¿Dónde vive su hijo? le pregunté.
En Vitacura.
Me di cuenta que no estaba tan perdido el abuelo. Le ofrecí mi celular para que lo llamara pero no aceptó.
No quiero molestar más de lo necesario, entiéndame señorita, mi hijo me está esperando hace varias horas y debe estar preocupado. Y terminó diciendo, sólo necesito un poco de dinero para llegar.
Lo quedé mirando a los ojos y Jeremías los mantuvo con una mirada firme de auxilio, así que le di para que tomara un taxi.

La segunda vez fue cerca de un supermercado, se me abalanzó con una historia parecida, pero lo reconocí y lo interrumpí para que no se gastara contándome de nuevo el cuento, le dije que sabía que era un engaño.

No señorita, le digo que no soy de Santiago, respondió frío como un pepino, vengo de..
Yo no quiero escuchar de nuevo su estafa, Don Jeremías, y seguí mi camino.

La tercera vez dudé de lo que tenía que hacer, porque al verlo en el reflejo de una vitrina dando grandes pasos detrás de mi, mis nervios se alborotaron, cuando me pisaba los talones en la esquina me di vuelta y le pregunté qué necesitaba.

Usted me es cara conocida señorita, ¿podría decirme su nombre?

Camila, ¿y el suyo?

Peter.

Já.

Bueno señorita, no quisiera parecer imprudente, pero no pude evitar sentir cierta familiaridad con usted y me gustaría invitarla a tomar un café.

Mi respuesta le dio cuerda a su juego, le dije que no podía porque iba camino a hacer unas compras al supermercado, pero si quiere me acompaña a la entrada…

Cruzamos la calle y en la vereda mepreguntó cómo vivo, con quien vivo, si tengo novio, etc. Su atención en mis respuestas fue imprevista, pocos escuchan lo que alguien tiene que decir sobre sí mismo, y aunque mis respuestas no fueran verdaderas, Peter me escuchó y me dio buenos consejos para la vida que le inventé. No sabía si era realmente un caballero galán que deliraba, o era sólo un acompañamiento para engañar, y por eso me interesaba conversar con él.

Camila, desgraciadamente no puedo acompañarte más allá; puedo ofrecerte un café para que me hagas compañía mientras espero una llamada de mi corredor de propiedades que me va a dar la dirección de un departamento que está en venta. Estoy buscando en este barrio.

Esta nueva mentira me sorprendió porque era totalmente contraria a la  del abuelito perdido, así que le pedí que no siguiera con eso, que sabía que era un estafador, y que debería acordarse de sus víctimas o mejor quedarse en casa resolviendo puzzles, me daba lo mismo, pero que terminara con la farsa porque de mí no iba a conseguir nada.

Su mirada opaca se congeló, la mandíbula se le cayó lentamente, y no le salían las palabras porque tartamudeaba.

Lentamente fui retrocediendo, primero caminando hacia atrás y luego me di vuelta, pero me agarró el codo y dijo que yo era irresistible,  me empujó hacia él para besarme.

La gente empezó a juntarse cerca de nosotros a mirar con curiosidad.

Lo empujé hacia atrás y le dije que me dejara tranquila. Caminé rápido, pasé por detrás del supermercado, quería llegar a mi casa, tomé un camino más largo por si me seguía. Y miré hacia atrás muchas veces.

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2 comentarios en “Mi historia con un viejo estafador.

  1. Camila!!!, me encantó tu relato. Eso de estar familiarizada con la desorientación es tan cálido, conmovedor, le da como todo un tempo a lo que viene después. Tu relato tiene ese vértigo de las pelis de Hitchcock. Voy a seguir leyéndote.
    Un abrazo
    Paulo Villanueva

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