Las fogatas dentro de la casa


Siempre cuando estábamos desveladas mi mamá y yo nos poníamos cerca del fuego. Ella contaba historias de su infancia y yo la escuchaba y comentaba atentamente.

A los cinco años su papá la llevó a comprar chocolates y juguetes para irse a pasar unos días solos en el campo. Ella no sabía, pero su mamá la quería de vuelta y no dejaba de llorar mientras la esperaba, hasta que mi abuela decidió mandar a buscarla a la parcela con Hidalgo, el mayordomo de la casa.

Estaba por terminar el tercer día en el campo cuando empezó a llover, entonces mi mamá comenzó a sufrir el encierro dando vueltas sin sentido, como un ratoncito enjaulado miraba por la ventana. Ni todo el chocolate del mundo habría podido calmarla. Empezó a llorar mientras esperaba frente a la puerta que alguien la fuera a buscar. Ese miércoles Hidalgo llegó a buscarla, y su papá, con los ojos llorosos, la subió al auto para que volviera con su mamá, él se quedó solo ahí.

El matrimonio que tenían mis abuelos no era infeliz, pero los celos entre ellos desequilibraba el hogar, y finalmente, las peleas entre ellos terminaban con él escapando los fines de semana y ella reaccionaba de distintas formas, normalmente se quedaba en su pieza a oscuras días completos, o sacaba fajos de billetes del escondite para irse con sus cinco hijos a comprar lo que quisieran.
Lo más común era que fueran las mujeres a comprarse ropa, sus hermanas llegaban a asaltar las boutiques y sacaban tenidas completas para ellas: chaquetas de tweed, vestidos entallados y cortos, abrigos de pelos, botas de gamuza y faldas escosesas. Mi mamá que es la menor se ponía furiosa porque todo le quedaba grande, pero esa vez vio un chaleco de lana de conejo de angora, rojo y manga corta que al ponérselo, no quiso sacarselo más.
“Pero, chica” le dijo su mamá con risa, “te nada ese sweater”.
“No me importa”, le respondió ella, “lo podré usar más adelante”.
Las cuatro mujeres salieron de la tienda llenas de paquetes, salvo la más pequeña que llevaba su chaleco nuevo puesto.

Mi abuelo era cariñoso, lo conocí y era así. Según lo veo, mis abuelos estuvieron muy enamorados, pero no les duró para siempre. Ella murió primero y él se quedó conociendo a otras mujeres. No se volvió a casar. Murió en la casa de uno de sus hijos.

Una  vez, estando él enfermo, viajé a Concepción a verlo, entré sola a su pieza para saludarlo y se puso muy raro, no me saludó, creo ni siquiera escuchó lo que le decía. Cuando me acerqué vi cómo le caían las lágrimas. Después supe que me había confundido con su Inés. Y cada vez que lo visité antes de su muerte, sentí curiosidad y remordimiento al saludarlo, porque  quería saber si siempre pensaba que yo era su esposa o había sido sólo ésa vez.

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