El hombre dulce


El hombre que iba sentado en la parte trasera alta del bus 104 que va a Macul, pelo gris oscuro engominado, no más de 45 años, chaleco naranja con un bordado náutico en el pecho, llevaba en sus rodillas su bolso azul marino y en encima tenía sus manos que sujetaban un pote de manjar sellado y una cuchara blanca plástica. Su hermana lo había llamado esa mañana temprano para pedírselo:

Aló, Marcelo? sí, hola, te llamo cortito porque quiero pedirte que me traigas un pote de dulce de leche, de esos argentinos que son distintos a los chilenos, para hacer panqueques a la noche. ¿Puedes?El silencio se prolongó por unos 10 segundos, porque Marcelo se contuvo a negarse. Él trabaja en un sector de Santiago Centro donde no hay minimarkets para comprar a las 9 de la noche, a pesar de eso, inmediatamente recordó que no come panqueques con manjar desde que era un estudiante. Se imaginó lo que sería probar esa masa frita tibia rellena y la saliva empezó a llenar los canales de su boca, entonces dijo, ya, yo te llevo manjar.

Yo iba parada a su lado. La micro estaba llena y no avanzaba. Lo miré por detrás de su espalda, lo miraba porque no podía dejar de preguntarme si su ansiedad terminaría antes de que se acabara el manjar.

Iba agitando sus manos, después con la cuchara daba golpes sobre el pote, hasta que sus dedos  abrieron el papel de estaño que cubría la pasta dulce de leche cocida y azucarada.

Empezó a raspar el manjar de las coyunturas del envase con la rapidez de un telégrafo, juntaba manjar en la cuchara y la dirigía a la boca.
¡GOL MIERDA!, vamo Chile conch’t madre!
No supe quién había dado el aviso de gol de Chile, o si entró el grito por la ventana apenas abierta. Finalmente me convencí de que había sido una de las personas que tenían audífonos puestos: una de las dos mujeres que compartán una radio a pilas o un hombre sentado detrás del hombre del dulce de leche, el que momentos antes había visto haciendo bailar sus piernas, por lo tanto era difícil que estuviera escuchando el partido.

Una de aquellas tuvo que ser, pero seguramente fue un grito improvisado, inucitado, y quizás acompañado de un ardiente arrepentimiento posterior.

Volví al hombre dulce que se encontraba vaciando el pote de manjar, con la misma rapidez inicial llevaba a su boca la cuchara colmada, hasta que llegó al fondo del envase.
Con la cuchara dudó si seguir raspando las finas líneas que quedaban de la densa plasta que había llenado su estómago y tapado todas las papilas de su lengua. Siguió igual, hasta que estas líneas se volvieron inalcanzables para la cuchara. La dobló y guardó dentro del pote vacío y cerrado.

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Un comentario en “El hombre dulce

  1. Pero Camila!!!!!!! por qué no pudimos llegar a saborear esos ricos panqueques!!!!. Eres cruel,jeje. Ya me hacía leyéndolos y saboreándolos. Y para este frío día mucho mejor.
    Releo la historia y me doy cuenta que nunca íbamos a ver esos panqueques : (

    saludos
    Paulo

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