El espíritu de la sobremesa


"Retrato"

por Vicente Sablong

El taxi llegó con 40 minutos de retraso. Si a Silvia le disgustaba ser impuntual en su trabajo y con sus amigos, esta vez parecía contenta por el retraso.

Al subirse al auto le dio la dirección en un papel al chofer y se tendió sobre el asiento con la cabeza ladeada durante las dos horas que duró el viaje, no dijo una palabra, apenas se le escucharon unos suspiros.
Llegó a la casa que había sido de sus abuelos cuando la comida ya había sido servida y todos estaban en la sobremesa, encima sólo habían unas cuantas tazas de café y el humo de los cigarrillos comenzaban a nublar la vista de los comensales, todos parientes de Silvia.
Al entrar al comedor los tíos y tías se quedaron callados y pronunciaron su nombre como si no esperaran su visita. Silvia dio la excusa que tenía preparada y nerviosa aceptó un téy un pedazo de torta.
Saludó a los primos y a los hijos de sus primos que estaban jugando a corretear gallinas imaginarias.
El tío Gabriel tomó su bolso y se lo llevó a la pieza donde pasaría la noche.
-Aquí vas a dormir con mi Cata, les dejé esta pieza porque aquí se puede dormir hasta más tarde en las mañanas; menos ruido para las viajeras, y para tí que no te hemos visto en tantos años, dijo mientras colgaba con cariño su brazo en el hombro de Silvia.
De vuelta al comedor, vio que la Cata había puesto el té y la torta en la mesa, Silvia le dio las gracias y le preguntó cómo había llegado a Chile. La respuesta fue breve, pero amable, de seguir ahondando se habrían perdido de escuchar a la tía Rosa que estaba dando la introducción a una de sus historias. Las que siempre parten con la explicación del gen arrimado a la obsesión y a la locura que, según ella, sobraba en la familia.

Los sobrinos más chicos se asustaban con ella, pero también se entretenían conociendo los  cuentos de sus trágicos antepasados y sus espíritus deambulantes, sin embargo, últimamente contaba con más detalles, y quizás con exageración, las miserias de algunos que todavía no morían, así fue como Luis, su hijo y el mayor de los primos, empezó a dudar de la sanidad mental de su madre.

Tía Rosa estaba contando la historia del atormentado padre de cinco mujeres que se tiró a la línea del tren porque no podía  controlar la oscuridad de sus pensamientos., tal como se la había contado a Silvia por primera vez, cuando ella tenía siete años  y vivía en esa casa. Silvia se acordaba.

La historia avanzaba cuando las  tías más jóvenes ponían el ceño rígido, sus caras parecían un puño y apenas podían soportar el momento en que Rosa daba detalles de cómo la familia encaró la muerte del abuelo, la vida propia yla de los muertos se mezclaban al tal punto que sobrepasaron el aguante de las tías. Se fueron a la cocina a morder un cigarrillo.

Mas desconocida era la historia de la niña que por haber nacido sin padre legítimo, y con retardo mental, sus abuelos la entregaron al mes de vida a la nana que cuidaba la casa de campo. Tía Rosa detalló la muerte paulatina de ambas. La Marta estaba enferma en secreto con síntomas que la medicina de ese tiempo no sabía cómo mitigar y a la niña le dio la enfermedad de la pena, así fue el diagnóstico póstumo que dió otra inquilina de aquella casa. Varios tipos parásitos acabaron con su vida. Los primeros en llegar fueron los piojos.

A medianoche, la atmósfera de la sobremesa parecía la de una sesión de espiritismo, pero antes de que los menores comenzaran a tomarse de las manos, las caras de los adultos empezaron a fruncirse una por una, y a esas miradas le siguieron los susurros.
– Mamá, es mejor que te vayas a dormir,  dijo Luis, inesperadamente, a Rosa.
– Sí, Rosa -dijo Gabriel, su cuñado- dejemos las historias de miedo para mañana.
¿Alguien quiere más agua caliente o vino? -preguntó Marcela, la dueña de casa, mientras recogía platos.
Son unos viejos aguados – dijo tía Rosa parándose de su silla y yéndose a acostar.
La mayoría se despidió de tía Rosa y otros aceptaron la oferta de Marcela.

Silvia se excusó por su cansancio y también fue a dormir.

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2 comentarios en “El espíritu de la sobremesa

  1. Sabes, este relato lo leí en medio de un resfrío que me trae por las cuerdas, por lo que me sentía tan casado como Silvia, dormí en el taxi tal como ella, y hubiera optado por la cama de una , pero tal como sucede en esas raras oportunidades donde la sobremesa justifica el viaje, el tiempo, me pasó con tu relato. La vieja hablando de muertes y muertos, me encanta eso, siempre tenía como costumbre en cada reunión de amigos o familiares llevar los temas para allá. Y esos elementos como la enfermedad de la pena, son los que tan bien te salen!!!!. Con un ritmo así levemente más lento, retraído del entorno. Pero bueno, esoy bajo el influjo del Flucoccinum de la Knop, puedo estar delirando un poco.
    Saludos Camila, desde Temuco. Está que llueve y yo a media máquina.
    Paulo V.

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