Rayito de luz en la madrugada


La noche era de las más calurosas de enero y estábamos terminando de carretear con dos amigos. Vimos a una banda en vivo y bailamos en un pub de Bellavista. Íbamos camino al paradero conversando sobre irse a vivir fuera de Chile aunque fuese por unos meses, cuando llegamos a ver qué números de recorrido me llevarían a casa.

Tomás, el amigo de mi amigo, se paró al centro de la calle para alcanzar a ver el número de la micro que se acercaba. Era una de las que me servíría, pero el chofer hizo cambios de luces y siguió de largo.
¿Qué hace una micro andando de madrugada por la calle si no para donde tiene que hacerlo? En fin, me volteé para sentarme en un fierro grueso y redondo en el que quedé con las piernas colgando, y me puse a mirar a los que estaban como yo. Cerca de nosotros había un grupo de chicos vestidos de colores pasteles, de shorts largos y eran casi todos de pelo rubio con chocopanda.

Pasó otra micro que decidió parar, así que me despedí de mis amigos.Pedro gritó, ¡llámame el lunes! y yo atiné a tirarle un beso al viento en la puerta de la micro. Así de cursi.
La pandilla pastel entró primero y se sentó, todos juntos en unos asientos que se miran. El más alto de ellos quedó pegado a un viejecito que iba durmiendo, al que apenas pude verle la cara, pues llevaba boina que le tapaba el sueño.
Me senté en los asientos en altura que están al lado de la puerta trasera y frente a un vidrio de seguridad. Vi la calle vacía y dereojo una mano morena tomando el pilar que sujetaba mi vidrio. Era un hombre quizás de mi porte, usaba un pantalón café y polera azul. Lo vi reflejado en el espejo que tenía frente, estaba sentado con un pie encima apuntando su redonda rodilla hacia mí. Miré por el espejo que tenía frente cuando me distrajo una voz que venía de más atrás:

-Diego, Diego, si quieres vienes y te espero. Se calló. De nuevo, la misma voz, Diego, te estoy diciendo que si quieres vienes y te espero, no tienes por qué que estar ahí si no quieres. Usé los reflejos de la ventana que estaba a mi izquierda y vi la cabeza redonda y engominada del que hablaba sentado, solo y con una pierna arriba del asiento que tenía enfrente.

Cambié de vista a la pandilla de púberes que seguía apiñada conversando de no se qué, con su piernas revueltas en el piso. El viejecito seguía durmiendo. Y mi vecino tenía la miraba fija hacia la pandilla de pasteles.
¿Ves lo que pasa aquí?, me preguntó.

Sin esperar mi respuesta dijo algo como: la gente vive como si nada pasara y no veo un rayo de luz que den solución a estos problemas.
Ante tal afirmación me interesé en qué sería el rayo de luz que soluciona los problemas y miré a mi izquierda para verlo bien. Su piel era como mis cafés con leche de la mañana, su pelo muy corto, y de ojos hinchados; sus pestañas y cejas eran tupidas y bien definidas. Tenía una nariz grande, redondeada y algo chata. La boca era muy parecida a su nariz.

Me reí y pregunté ¿qué?
Que la gente vive como si nada pasara.
Eeehm, no sé bien de qué problemas estás hablando, pero yo no vivo así.
Aquí pasan cosas que no están bien y no veo solución. Fue determinante.
¿En esta micro?
Hizo un sí con la cabeza y me pidió la opinión.
Antes de responder pensé: de los pocos hombres que se acercan a conversar, me tenía que tocar uno con ganas de filosofar.
¿Que qué pienso de las personas que van en esta micro? Quería estar más segura de lo que este individuo decía.

Le respondí algo como que me parecía bien que unos pocos salgamos a pie de nuestras casas en la noche para entretenernos. Dejé de mirarlo y voltié hacia la calle que estaba más vacía que antes.

¿Te vas a tu casa?, me preguntó
Sí, se me acabó el entretenimiento.
¿Ves?, me dice, se te acabó el rayo de luz.

Había visto recién y de una pasada, a una niña inquieta en los brazos de su mamá. Se habían subido en un paradero después del nuestro y se sentaron adelante del chico engominado. La pequeña de pelo corto y ojos grandes, como los suelen tener los niños.
Mira ahí, un rayo de luz, le dije.
Sí, dijo, y levantó la cabeza que tenía agachada para mirarla.

Después vi a mi compañero de puesto moviendo la cabeza arriba-abajo varias veces. Seguía haciendo el gesto sí.
¿Cómo te llamas?

Camila, ¿y tú?

Carlos. Y se quedó callado.

Hola Carlos. ¿de dónde vienes?

Me junté con unos amigos y primos a comer y a tomar, pero las copas no se acababan nunca y se me hizo tarde.

O sea, aún no se te apaga el rayo de luz.

Se rió. Y tú, ¿de dónde vienes?

Fui a ver a una banda con dos amigos y luego nos quedamos bailando.

¿Qué banda viste?

A Jiminelson.

Aaah, los conozco de nombre nada más, porque he visto sus afiches en la calle.

Son buenos, punk mezcla blues, comenté.

¿Conoces a los Gatos negros?

Sí, los he visto en vivo.

¿son estilos parecidos?

Sí, pero los Jiminelson son más románticos …y dramáticos.

Íbamos acercándonos a mi casa. Me alcé a tocar el timbre que estaba frente a él. Me paré y el se incomodó para dejarme salir.
Chao Carlos.
Chao Camila.

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