La primera corrida


A los cinco años sentí, por primera vez, un síntoma de enfermedad.

Estaba en clases. Y como a menudo sucede en los kinder, la sala parecía una olla a presión hirviendo de pataletas. Yo estaba en mi asiento esperando a quien propusiera el orden,  cuando empecé a sentir una picazón en la garganta.

Desesperación. Creí que alguien había lanzado una espina y había quedado atascada en mi garganta. Me toqué entre medio del cuello de la camisa pero no había nada, me saqué el ridículo corbatín tipo amish para ir donde la profesora a preguntarle si veía la espina que tenía en la garganta. No veo nada, me dijo. Le pregunté si podía ir al baño a tomar agua porque estaba segura que había tragado algo punzante y estaba alojado en mi tráquea. Está bien, anda, me dijo.
Frente al espejo estuve unos minutos asegurándome de que la astilla no existía. No entendía qué pasaba, pero con el agua que tomé me sentí mejor y me fui al jugar al patio, olvidándome de volver a clases.

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