Paseo por Cobquecura


Andábamos a pie siguiendo la tierra cercada entre púas y matas de mora, por el camino que veíamos adelante y se perdía entre los cerros.  Él llevaba la mochila de los dos, y yo, unos lentes de sol puestos.

Una mujer pasó en una bicimoto a bencina, y le preguntamos si íbamos bien encaminados. Nos dijo que sí, que luego del caserío empezaríamos a subir, y que también veríamos unos robles,  luego, pasado un puentecito, tendríamos que cruzar un portón de fierro oxidado. Ahí habríamos llegado al río.

Pasamos por fuera de las casas. Y me acuerdo que me sentí bien en aquel oasis de árboles sombríos con pintas fucsias. Luego vino el puente, pero de robles ninguno de los dos sabía mucho.

De repente te sentiste perdido y quisiste devolverte para ir a la pequeña vertiente que habíamos dejado atrás, donde con suerte hubiéramos podido mojarnos los pies. Yo te hice cambiar de opinión, porque pensé que era mejor seguir buscando en vez de retroceder.

Le hicimos dedo a una camioneta que nos dejó frente al cerco que era de madera, anduvimos por las piedras en medio del río y lo atravesamos para instalarnos en la pequeña sombra. Sacamos unos sándwiches de la mochila para almorzar y nos quitamos la ropa para ir al agua. Los dos trajes de baño eran azules y resaltaban por lo pálidos que estábamos. Nos pusimos una crema blanca con olor a chocolate para protegernos del sol. El pozón del río era oscuro y frío, al meter los pies en el agua chillamos y temblamos, pero igual nos metimos.

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